Mi buen favor

De la colección, "Pasajes picarescos de un Valle Caliente"


“Porque camarón que se duerme…
se lo lleva la corriente”



Gastón era un tipo bien parecido, joven, estudiante y trabajador. Usualmente se levantaba a las seis y quince para alistarse y arrancar otro día más. Una camisita elegante por aquí, un jean por acá y una taza de café para compensar, todo de la mano de su mujer. A pesar de contar con más de veintitantos años, él había decidido comenzar a estudiar, como debe ser, supuestamente. Estudiaba lejos de donde vivía, pero estudiaba. Por suerte, su esposa, lo había premiado con un carro que lo llevaba y lo traía, eso si, lo traía cuando él decidía, Gastón administraba bien la casa y, mejor aún, su horario. Así, con el carro, producto de los ahorros de la mujer, las distancias eran más cortas entre el hogar, la universidad y el trabajo pero no lo ayudaban a acercarse más a la esposa e hijo. Mas bien, el vehículo, simbolizaba una ayuda dependiendo del punto de vista de cada quien, por su puesto.

A parte de estudiar para obtener un título en lo que fuera, era indudable que Gastón trabajaba mucho, cumplía guardias nocturnas en su trabajo las cuales solían alargarse sin razón aparente por algunos días, pero Patricia no preguntaba por que, parecía no interesarle mucho, le atormentaba la idea de molestar a su pareja con esa preguntadera, total, eran cosas que al final ella no iba a poder comprender. Su deber era el de esposa y madre, la comida lista, según el horario de su marido, el hijo alimentado, estudiado, con la tarea hecha y, eso sí, aseado, pulcro, casi brillante como un cristal, todo para brindarle a Gastón el máximo placer y calor de hogar cuando éste llegase, los días que llegaba, por su puesto. Patricia era casi diez años mayor que su esposo pero era una mujer que se mantenía fresca, arreglada. Era una mujer hermosa, su cuerpo no delataba su edad, de hecho se me hacía increíble aceptar los años que decía tener acuestas. Era una mujer envidiada en su cuadra, tanto por lo bella que era como por el esposo y hogar que tenía (o mantenía). A parte de todas estas aparentes maravillas, Gastón era un tipo sumamente social, le gustaba beber con los amigos o con los vecinos, y a su esposa le encantaba verlo y oírlo hablar de sus grandes hazañas de muchacho, de cuando no lo conocía y era del pueblo, lejos, muy lejos de la capital, pobre, pero rico en sueños y anhelos que parece haber conseguido por fin.

Un día, entablé una hermosa amistad con su esposa. En medio de las ausencias de Gastón, y gracias a la ayuda de algunos whiskeys, entendí el otro espacio que él no había llenado jamás, ni con sueños, ni con billetes y mucho menos con seguridad y algo palpable de felicidad. Patricia parecía tonta, no estudiada, ni lo había hecho y, luego de nuestro encuentro, se convirtió para mí en la “malperfecta” ama de casa. Así la llamo ya que la cocina, verdaderamente, no era su especialidad y ya que no trabajaba sino hacía las labores del hogar, pues considero de suma importancia que una de las habilidades más flamantes de una buena esposa es saber cocinar y éste no era su caso. La bella me explicó su teoría de la soledad, de cómo acompañada y rodeada por un sinfín de bienes materiales se sentía sola e incomprendida. El licor afloró más que la confianza entre nosotros dos y me hizo participe de sus miedos y desconciertos. Supe que no sólo cocinaba mal sino que también era alérgica al plato favorito de Gastón, pero que a pesar de esto lo preparaba exquisitamente, según sus propias palabras. También noté la entrañable relación que mantiene con su pequeño hijo, el verdadero varón de su corazón. Cuando la conversación estaba más interesante, se vio interrumpida de súbito por el sonido de mi reloj que marcaba las seis en punto, había llegado el fin de la confesión, de la visita y de la bebida que yo invitaba. Había comenzado el tiempo del preparativo a la espera incierta de Gastón, que había llamado, supuestamente, para avisar que esa noche vendría. Patricia dejó mi casa y, momentáneamente, mi tranquila y apaciguada vida.

Los días siguieron su curso. Una mañana vi salir a Gastón más temprano que de costumbre, estaba llenando la maleta del carro con algunos bolsos y, por encima, podían verse algunos trajes protegidos por el típico plástico de tintorería entre el gancho y la tela. Esa misma tarde volví a convertirme en whiskey y oídos. Eso fui todas las tardes y noches de guardia de Gastón. Semana tras semana pude contar cuatro noches de guardia de siete días de la semana y no dudé del oficio extra que tenía mi vecino, que no le producía sino le restaba su economía ya que invitar a las mujeres hoy en día cuesta el doble que hace algún tiempo atrás. Patricia continuaba alabando a su marido en mi barra, con mi sonrisa y mi whiskey, y yo seguía el juego antropomórfico de ser el oído que no opinaba hasta que una de esas tardes, en las que se ponía el sol, y su teléfono no repicaba a las seis, Patricia decidió incluirme en sus planes. Descubrí que no sólo le hacía falta ser escuchada sino también tenía necesidad de sentir que toda esa belleza que mostraba y ocultaban sus treintitantos, tenía algún uso o fin de ser. Esa noche hablé por primera vez con el lenguaje de mi cuerpo, más joven y vigoroso que el de mi vecino. Patricia entendió y se llenó por completo de un nuevo inquilino pero no en su casa, sino en su cuerpo.

Al paso de los días la noté más contenta, incluso con Gastón. Mi vecino disminuyo su carga de trabajo ya que veía su carrito estacionado más cerca de su esposa que de su trabajo y universidad. A Patricia la dejé de ver sentada en la barra de mi casa, como deje de ver a mi botella vaciarse en compañía. Cuando salía a cumplir con mis deberes no dejaba de asomárseme una sonrisa picara de entre la comisura de mis labios cuando pasaba frente a su casa y entendía como a veces se le hace un favor a un amigo mientras él no lo sabe, por lo tanto, si es que agradece, lo hace sin saber a qué o a quién.

Como en medio de un valle tan grande, plano y a su vez caliente, uno no termina de sorprenderse con las reglas de natura y lo que nos da y nos quita, una tarde sonó el ronco timbre de mi hogar. Abrí la puerta y la figura de Patricia estaba del otro lado del portal, quería presentarme a su esposo al que le había hablado de mi, ya que le había participado de algunos favores de caridad que yo había cumplido con una pobre mujer sola como ella, en la ausencia de un hombre trabajador que le ayudase con ciertos inconvenientes del hogar. Tareas, según la cultura venezolana, que sólo un hombre puede hacer. Gastón agradeció mi ayuda y me invitó a cenar una noche en su casa. Esa noche llegó y yo llevé mi whiskey, para que Patricia se sintiera a gusto como cuando le ayudé. Ella cocinó aquel plato preferido de su esposo. Pude constatar lo que al principio pude notar, su poca habilidad en la cocina sin embargo eso se compensa con otras gracias que ella posee. Gastón habló y habló sin escuchar a nadie, ambos esposos tenían algo en común… a los dos les encantaba hablar pero con él, Patricia, tenía que “guapear” para aprender a escuchar, cosa que no sucedía en mi hogar, algunas casas más allá. A partir de esa noche me fui haciendo más que vecino, amigo, de su marido.

Luego de esa noche las visitas de Patricia a mi barra y mi cama no se hicieron esperar, deslumbrada por haber puesto en su mesa juntos, frente a frente, a sus dos personajes viriles y amos de sus entrañas, le había producido una mezcla agridulce de almíbar morboso en su vientre. En nuestros ahora fugaces encuentros me comentó la llegada de las vacaciones de Gastón, pero que en vez de simbolizar la libertad de unas piernas abiertas a diestra y siniestra, esas vacaciones eran eco de un viaje largo junto a su hijo a la casa de su madre. El marido la envió algunos miles de kilómetros lejos y sola con la excusa de estar peleado con la familia de su mujer (o de ambos tal vez). Patricia se borró del valle durante un mes completo y yo volví a mis andanzas de whiskey solitario, tranquilo y apaciguado, otra vez.

Mi nuevo amigo me visitó, otra sorpresa más en la línea de lo fortuito. Gastón, como su mujer disfrutó de mi whiskey y se confesó entre hombres, entre varones como es y debe ser. Me contó de su verdadero sueño, bastante más apartado del que todos en la vecindad creían. Me hizo participe de su historia, me habló de las otras caderas que lo hacen vibrar y de cómo se excusa ante la que no quiere ver pero que le tiene el hogar tan pulcro y brillante como un cristal. Pícaramente volví a sonreír mientras él hablaba y hablaba pero por primera vez le interrumpí y hablé, le sugerí ir tras ese sueño ya que había sido artífice de todo lo que había imaginado, pues así fue. Luego de esta visita y el mes entero que pasó, más nunca volví a beber solo mi botella de whiskey y mi cama estuvo ardiente hasta quien sabe cuanto, ya no como inquilino sino como amo y señor de aquel único monte que conocí en medio de este valle caliente. Gastón, siendo sincero, buen vecino y amigo, me devolvió el favor.

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