Ultima cena...

(Cuento corto)


Era de noche después de ese día tan soleado, caminaba entre los falsos de la finca Santa Bárbara escuchando el cantar del grillo sabanero cuando percibí un ruido entre los matorrales. Podía ser cualquier cosa, un elefante, una jirafa, un pez volador o un tulipán marchito pero no, era un perrito asustado, piadoso, con los ojos tristes y el pelo gris sucio. Se acercó a mi, yo lo llamé, se veía hambriento. Le ofrecí algo de comida que llevaba de paso, nunca está demás un chorizo o una morcilla caminera con un whiskey doce años que campanea... pilín, pilín... el ruido y el hambre llamaron su atención. Le caí bien y el a mi.

Comió como un salvaje. En ese instante hubiese creído que era una hiena flaca y desgastada capaz de dejarme los huesos limpios. Teníamos cosas en común, a veces los hombres se parecen a los perros o los perros a los hombres. A veces somos lo mismo o nada.

Seguí mi camino y se me quedó mirando, fijo, así como cuando la madre mira al hijo que le abandona, así como cuando miras algo irse y sabes que no le verás volver. Con su cara de perro triste me sonrió y yo le sonreí en mi ida. Me detuve, voltié y me seguía mirando, impávido, solo.

Dormía en la hamaca mientras el tío Rodolfo devoraba un mango de hilacha, podía imaginarme como arrancaba los tajos con sus dientes de hombre viejo y los hilos se encrustaban en sus encias carnosas. Cerré los ojos, me tapé la cara con el sombrero y escuché un golpe fuerte, mate, como de algo que golpea carne, aire y huesos, todo a la vez, acompañado de un chillido de niño sin hogar. Luego la voz gruesa "sal de aquí porquería" y sólo logré mirar unas patas flacas y un rabo que corria de vuelta al monte. Podría asegurar que ese golpe pétreo fue en el cuarto espacio intercostal izquierdo y casi mortal.

A la mañana siguiente, después de ese desayuno llanero, caraotas refritas, quesito rayado; estaba lista para regresar a mi amada ciudad. Hacía el sol del día anterior, picaba y ardía las pieles de leche más blancas cuando ya me encontraba en la carretera y con ganas de volver. A unos doscientos metros, una horda de zamuros carroñeros enmudecía el paisaje, revoloteaban unos y hacían circulos otros. Tuve mis dudas así que bajé la velocidad para ver bien lo que dormía sobre el pasto, vi esos ojos tristes y abiertos que ya me miraban sin vida. Ya no era un perro, ya no estaba triste, ya no estaba solo... sentí eso tan extraño como cuando la madre mira al hijo que le abandona, así como cuando miras algo irse y sabes que no le verás volver.

Aceleré pensando en que le acompañé en su última cena

4/03/2011

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