Torciéndole el cuello al cisne

12 de mayo, 2002, Caracas

Llega la tragedia… claro, porque todo modernista es noble y sin nobleza no puede haber tragedia. La partida de defunción reza lo siguiente: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje y de versos sin alma” dice un poeta vanguardista mexicano que al parecer no entiende del “nunca jamás”. Se termina nuestro sincretismo artístico cuando Darío escribe ¡Eheu!. Junto al mar latino, sí… justo al mar de la misma América modernista decimos la verdad, la muerte comienza a tocarnos la puerta… nuestra torre no nos guarda de la muerte, no somos eternos y la tristeza invade al maestro Darío al escribir este poema, presagio claro del vate modernista, presagio claro de la muerte y el arrepentimiento. Contra la vejez no se puede luchar y nos cuestionamos ¿de dónde venimos y a dónde vamos?... ¿estamos soñando la pesadilla? Andar por las nubes y mirar atrás y recordar nuestra vida… lo que hicimos y dejamos por hacer, fragmentos de conciencia mientras morimos lejos de nuestro cuadro, morimos porque bajamos a esta realidad, somos poetas y víctimas, pero no de un Rey Burgués, sino de todo un mundo y un tedio cotidiano… en un desierto donde ya no hay frío sino soledad, es allí donde muere el maestro…

Yo no sé como será la muerte pero mientras llega me dedicaré a cantarle a mi patria viviendo en la torre con cisnes y duendes… viviendo la literatura como un sueño… tal vez cuando la muerte toque a mi puerta y sienta la felicidad desvanecerse y quiera escribir un ¡Eheu! como hizo Darío… algún poeta retomará mis palabras y hablará de mi como yo he hablado hoy aquí, en este pequeña crítica poética del más grande de los istmos, el modernismo.



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